No hay nada más peligroso para la novela y para la creatividad del escritor, que una técnica narrativa de sobrada eficacia.

Esta semana, durante una comida con los editores Josep Forment, Carlos Pujol, Ilya Pérdigo y el autor Gonzalo Garrido, el futuro incierto de la novela surgió una vez más en la sobremesa.
Y vuelvo a coincidir con Josep Forment en los razonamientos que nos llevan a pensar que ciertamente el futuro de la novela es si más no, preocupante.
En primer lugar, hay que ser conscientes de que al auge y el éxito de la novela se produce cuando ésta es uno de los mayores instrumentos de ocio para la población. Hoy día, sin embargo, nuestra civilización disfruta de muchas otras formas de recreo; y no nos engañemos, éstas generalmente superan con cruces la popularidad de la lectura.
En segundo lugar, más gente que nunca en la historia escribe novelas con la aspiración de editarla y que otros los lean (ver la opinión de Josep Forment), y este fenómeno resulta que coincide con lo que comentaba en el párrafo anterior. En términos económicos, la oferta supera (y por mucho) la demanda. Hay que buscar un equilibrio, ¿o no?
Afortunadamente, siempre habrá novedosas, atrevidas y talentosas nuevas voces que nos permitirán de una manera u otra, hablar de la nueva narrativa. Nuevas voces que con audacia, y con una tremenda osadía, nos harán disfrutar de una nueva manera de leer y entender el poder de la palabra.
Recientemente cayó en nuestras manos un manuscrito que nos dejó a todos perplejos no sólo por su calidad, también por su técnica narrativa. No desvelaremos ahora la autoría del texto a continuación, pero vale la pena leer el razonamiento del autor frente a su planteamiento narrativo.

No digo nada más, doy la palabra a nuestro autor:

“La novela negra tiene que romperse por sus propias costuras. No hay nada más peligroso para la novela y para la creatividad del escritor, que una técnica narrativa de sobrada eficacia. La novela negra necesita un salto al vacío y una extraña pirueta en el aire. El requisito es no tener ni vértigo ni miedo.

Te quiero porque me das de comer propone decenas de historias criminales y al mismo tiempo que las propone, las va haciendo desaparecer, porque lo verdaderamente importante es la existencia del hecho criminal, nunca su esclarecimiento, mucho menos su investigación. En otras palabras: No hay que sentirse aliviado porque se haya descubierto al asesino. Hay que sentir el miedo de saber que los asesinos caminan entre nosotros.

La novela negra puede narrarse desde otro punto de vista. ¿Qué pasaría si la historia que se cuenta no es una sucesión de hechos consecutivos, sino simultáneos? La simultaneidad no parece patrimonio de la literatura, sino, más bien, de la pintura o del cine, pero si las palabras consiguen contravenir su propia naturaleza y transmitir esa sensación –la de que todo lo que sucede, sucede a la vez–, entonces surge un texto envolvente, casi tridimensional.

Un narrador omnisciente nos habla de una sociedad corrupta y de unos personajes suburbiales que coquetean con la marginalidad o que directamente viven en/de ella. Sin embargo, el autor se da cuenta de que para ese cometido no es imprescindible la voz de un narrador. La propia sociedad aporta su literatura: las inscripciones en las puertas y en las paredes de los aseos públicos, los grafitis, los anuncios que se pegan en las farolas, los millones de exámenes universitarios, las noticias de sucesos de los periódicos gratuitos, los formularios administrativos, las recetas de cocina, las sentencias, las cámaras que nos observan. Estos textos, dispersos por la ciudad, son capaces de contar la historia con la misma fuerza y la misma validez (o más, por ser más verosímiles) que la voz del narrador. El autor genera un collage de información con el que se profundiza en la psicología de una ciudad, de un barrio, de una mente criminal.”

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29 septiembre, 2013 · 10:36 am

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